MIEDO DA A VECES COGER UNA PLUMA

"Miedo da a veces coger una pluma y ponerse a escribir,
miedo da a veces tener miedo a tener miedo [...]"
Gloria Fuertes

viernes, 7 de diciembre de 2012

De tu grito...


Gritas. En medio de la noche, en medio del cuarto, en medio de mi cama. Gritas. En medio de tu miedo, en medio de tu sueño, en medio de mi almohada. Gritas. Porque no puedes salir, porque no puedes cantar, porque está muy oscuro. Gritas. Porque no te ves, porque no me ves, porque te grito. Gritas. Y tu grito es de colores, y tu grito es de fragmentos, y tu grito es de tristezas. Gritas. Y tu grito suena a lluvia, suena a nubes, suena a peces. Gritas. Y te ahogan las palabras, las sábanas, los meses. Y gritas. Porque no quieres gritar, porque no lo necesitas y sólo por gritar: gritas.

Y fragancias, que se tapan los oídos, devoran tus entrañas, las llenan de sonidos. Son serpientes, que imitan la luna, que opacan su brillo, lo convierten en ruido. Y todo es ruido, y la música se muere porque todo es grito: tu grito.

Callo. Me escondo en los rincones, me escondo en las palabras, me escondo en el espejo. Callo. Bailando los dedos, bailando los cabellos, bailamos la batalla. Callo. Aunque encuentro las palabras, aunque sabes lo que digo, aunque no existe el silencio. Callo. Y salto a tus pestañas, las encuentro mojadas, las pupilas saladas. Callo. Y me encuentro con tu piel, con tu risa, con tu espalda. Callo. Jugamos al nudo, al trabalenguas, a los peces. Callo. Y me ahogan las palabras, las sábanas,  los meses. Y callo. Porque no quiero gritar, porque no lo necesito y sólo por callar: callo.

Y melodías, que se cubren la boca, se me escapan de las manos, las salpican de notas. Son personitas, que observan la tierra, que tallan figuritas, que escriben su historia. Y nada es silencio,  y en la noche todo vive porque todo es grito: tu grito. 

miércoles, 28 de noviembre de 2012

De la muñeca...


En un principio no sabía si era real o no, si tan sólo era una visión. Si ya haberla visto un día me parecía poco probable, verla dos me parece imposible. Es la misma mujer de ayer, un esperpento, la decadencia de una muñeca rota. La cara pálida, palidísima, el pelo amarillo despintado y una capa de maquillaje que el frío seguramente muere por cuartear, ayudado por la poca –o falta total de- calidez que debe tener su piel.

La muñeca seguramente espera el metro todos los días laborales a la misma hora con ese mismo abrigo rojo a juego con su labial. Sin embargo, no concibo que hayamos coincidido antes y yo no la haya visto. Tiene que ser imposible no verla.

Pero no ha sido ella la que ha irrumpido en mi mundo: he sido yo quien ha irrumpido en el suyo. Ahora, a cada palabra que escribo, resquebrajo esos muros que tanto le habrá costado levantar. Bloque a bloque construyó un triste intento de fortaleza con polvos compactos, sombras para ojos, rouges y colorines. Ella nunca lo sabrá, pero he violado su intimidad al poner atención a los solitarios pensamientos que se dejan ver a través de su postura mientras espera en el andén.

No tengo por qué meterme en donde no me llaman, pero toda mi culpa se borra al levantar los ojos para descubrir que ella también escribe y, a intervalos, me lanza miraditas de plástico negro. Al final son mis muros los que se derrumban estúpida e inexorablemente.

sábado, 17 de noviembre de 2012

De la poesía...


Dicen que la forma de la poesía es el vínculo tangible con los elementos más profundos del significado. Dicen que el ritmo de los sonidos de un poema trasciende nuestra percepción racional. Dicen que la poesía es la literatura más pura, sujeta completamente a la subjetividad del escritor. Dicen que la poesía se rige por leyes enteramente diferentes a cualquier otra manifestación escrita con fines tanto denotativo-comunicativos como artísticos. ¿Quién lo dice? Tal o cuál. No importa. Tal vez ni siquiera digan eso, sino esto otro y yo lo haya entendido mal. Quizá mi subjetividad inherente ya haya hecho de las suyas.

Nunca he escrito un poema de verdad y hasta los poemas falsos que he escrito carecen de ese no sé qué que qué sé yo. Escucho la palabra poema e inmediatamente mi intención bucea por un lodo de expresiones que tengo ya vinculadas al término. Es decir, caigo en todos los clichés y baratismos posibles y si me dejo seguir reviento los límites y sobrepaso hasta lo permitido para los poetas amateurs. ¿De qué se tiene que tratar un poema para que no sea un triste intento de expresar sentimientos sublimes que al momento te explotan en la cara como una bomba de saliva? ¿De qué escribe quien escribe poemas? Una vez más: dicen que hay tan solo unos pocos temas y que toda la poesía puede reducirse a ellos. Los obvios.

A mí en realidad me dan ganas de reducir todo a colores, a formas y a texturas. Hay veces que me siento como una figura geométrica y otras que me siento como un color. Pero me siento incapaz de transmitir esas sensaciones como no sea un poema que diga:
Morado,
morado amor
hado morad,
¡oh! Morado

Tengo la certeza que ni siquiera así me daría a entender. Todo esto de la Escuela Alemana de la Percepción ahora tiene más sentido. Cada quién pensaría en su propio color morado. Morado pollo, morado cielo, morado césped, morado madera, morado noche, morado luna, morado agua, morado azúcar, morado mar y jamás morado Restaurante Hindú de Lavapiés.

No quiero ni pensar qué sucedería entonces si intentara explicar que me siento como un triángulo. ¿Con qué palabras sustituyo “lados”, “tres”, “isósceles”, “agudo”? ¿Y cómo explico que soy un triángulo redondo? Directamente encasillado en la bodega del absurdo. Como si en la vida diaria no pasara todo el tiempo que uno se siente como un jodido triángulo circular. Pero ahí está el infalible miedo a que se dude de nuestra cordura. De ahí que se hayan inventado palabras tan desastrosamente inexactas como “bien” o “mal”. Así cuando nos preguntan cómo estamos, tenemos la salida fácil. Decimos que bien en vez de decir “Rojo, hoy estoy completamente rojo y ando de un ánimo exquisitamente cuadrado”. O, en caso de que nuestra sinceridad exceda la dosis normal, decimos que mal en vez de decir “Ni me hables, el amarillo me nubla la vista y va a empezar a escurrirse por mis poros en círculos concéntricos”.

El problema de la poesía es que la representación más alejada de su esencia es la palabra. Ahí está el peligro, al ver todo lo que es en realidad poesía y entender que es imposible decir las palabras para expresarlo. Entender que mientras más se diga, más cosas se quedarán atoradas en medio de la garganta, del estómago, de las cuerdas vocales, del paladar, de la lengua. La densidad del líquido verbal en nuestro sistema aumentando exponencialmente y el saber, a momentos estúpidamente efímeros, que no hay otra opción que ignorar o ahogarse a más tardar en un momento dado. 

viernes, 12 de octubre de 2012

Del festival...


Con la luz fragmentándose en hexágonos y la respiración dividiéndose entre la nariz y los pulmones en partes imposibles de inhalar, me di cuenta del lugar al que había llegado. Recuerdo el momento en el que volteé a verte y me sonreíste con colmillos importados de Chesire. El ciclo de los colores emitidos por cientos de leds agrupados en lámparas giratorias vibrando a un ritmo repetido innumerables veces sin compás, circular todo el rato, metiéndose por los poros y saliendo en listones e hilos morados como la masa de las palabras.

Cuando te reías, cuando nos reíamos, entendía por fin, a instantes, la consistencia de las carcajadas. No eran risas reales, eran risas de un sueño, manipuladas por una rata que estaba también en los carteles del escenario, burlándose de nosotros todo el tiempo. Se burlaba casi tanto como esa estrella (¿o era un planeta?) que desde el comienzo de la noche apostó con la luna que podía penetrarnos las retinas mucho más que ése o cualquier otro satélite, sinvergüenza. No le importaba en lo más mínimo dañar por completo la imagen global y dar una apariencia de carpa, de techito de plástico, al resto del cielo.

Tan abiertas tenía las pupilas que sabía que podías leerme los pensamientos. Entraba tanta luz a mi cabeza que quedaban iluminados hasta los últimos rincones, hasta los rincones olvidados. Cualquiera que lo hubiera intentado hubiera podido ver, como en una película de cinta magnética, la historia de mi vida (o al menos mi versión de ella). El único requisito era ser parte del sueño, poder fundirse con el humo que se fusionaba con las nubes de casi principios de octubre. Puede que tú tuvieras frío, pero al lugar al que yo había llegado, no había llegado aún el otoño. Incluso cuando sentía el aire helado de la madrugada restregarse contra mi piel, lo que me asustaba no era eso sino ver el suelo desintegrarse con agua de lluvias pasadas, lluvias y orina de otros días mezclándose con el material del suelo y creando el tipo de barro blanco del que se forman los monstruos que te visitan en las noches; esos monstruos que llegado el punto te demuestran que no están bajo tu cama sino bajo tu piel o bajo las primeras capas de tu consciencia.

He parpadeado y al abrir los ojos estábamos en casa y la puerta te quería comer, las entrañas del animal eran el mundo afuera de la habitación. Si lloré fue sólo por miedo a que te deshiciera el ácido gástrico de la ciudad y a que terminado el proceso digestivo no fueras más que el recuerdo de un bonito sabor. Por eso cuando nuestros dedos se encontraron en la oscuridad jugando a los arácnidos en las redes tejidas por las luces impresas en nuestras retinas, todo volvió a estar bien. Saber que al encender la luz estarías ahí, con manos en vez de arañas, era lanzarse al mar sabiendo que se puede respirar bajo el agua. 

sábado, 15 de septiembre de 2012

De James Matthew Barrie...


Quien hable de estar enamorado en París es porque no ha estado enamorado en Madrid. Tú puedes ir caminando por las calles con tu pena cogida a las pestañas, incluso a tus pasos y nadie te dedicará siquiera una mirada (al menos no por eso, no de complicidad). Te puedes meter a un café en invierno, o sentarte en una banca de alguna calle o parque en verano y tu invisibilidad será perfecta y completa. Irás caminando contracorriente cuando bajes del metro en Atocha y te encuentres con una manifestación en contra de los recortes de presupuesto en el área de educación o salud y no vas a estorbar porque nadie te verá mientras luchas estúpidamente por llegar al café de la esquina, al café de la plaza, al café que sea.

La manifestación será de tal a tal hora, y cuando termine podrás ver el sitio que escogiste para cavilar tu pena o tu pseudo pena o incluso tu alegría llenarse lentamente de gente con camisas rojas o verdes (según sea lo que estén defendiendo), hambrienta después de tan ferviente demostración de postura. No hay problema porque seguirás siendo invisible. Estarás seguro mientras dure la luz del día. Eso sí, si decides aventurarte a ir de marcha violando horas de sueño, el disfraz de enamorado pierde toda su efectividad. Ya puedes entrar a cualquier lugar que de pronto todos estarán detrás de vitrinas de museos o de escaparates del Corte Inglés y al mismo tiempo se habrán vuelto finísimos críticos de arte y de moda, incluyéndote. Lo que dure tu marcha (siempre y cuando no exceda la hora a la que abre el metro) formarás –voluntaria o involuntariamente- parte de este juego.

Si sales victorioso de esto y vuelves a casa solo, tambaleándote primero hacia Plaza Cibeles y una vez encontrado el bus a casa, bajado donde te corresponde y entrado silenciosamente en tu piso como si a alguien en realidad le importara tu llegada o el ruido que haces con tu llegada, todo estará bien. La mañana siguiente puedes regresar a ser un enamorado invisible y si eres medianamente afortunado verás a la persona que si la vida fuera justa te daría una cuota mensual para pagar todos los cafés que has tenido (sí, que has tenido obligatoriamente) que comprar para poder dedicarle como es debido un lapso de tiempo en tu inacabable tren de pensamiento. Es posible que pases un buen rato (nunca tan bueno como inconscientemente habías esperado y mucho menos tan bueno como recordarás después) y en cuanto subas al metro o al bus habiéndote separado, te preguntes a cuenta de qué viene el suspiro que acaba de escaparse de tus oxitocinosas entrañas al sacar el abono de transporte y pasarlo por el sensor.

Por otro lado, es difícil concentrarse en Madrid durante el verano. No querrás para nada estar en casa, pero al salir te encontrarás con las calles llenas de gente, los motivos son variados pero siempre secundarios. La gente sale por salir, porque todos piensan como tú: ¿Por qué quedarse en casa si brilla el sol, si hacen más de treintaicinco grados, si no soporto estas cuatro paredes (o cinco o seis o las que sean)? Por eso los libros se vuelven una solución complicada. Uno siempre podría volcarse en las letras si no viviera en una surrealidad tan tangente. Pero ¿quién puede leer a Henry Miller con su visión tan práctica y visceral cuando parece que André Bretón se encargó de diseñar la situación de la ciudad en que bucea? Puro Surrealismo o irrealidad o las dos (difícil de saber). La gente en Madrid parece querer ahogar la crisis con jarras de cerveza o de tinto de verano. O al menos es fácil llevarse esa impresión. Sino sólo hay que preguntarle a los guiris que visitan España y se embriagan con la falta de lluvia y el exceso de gritos y risas como si en ello se les fuera la vida. Aquí parece que todo el mundo vive (al menos según el concepto occidentalizado que se tiene de lo que es vivir) y de uno u otro modo hay que alcanzarla. Hay que explotar con ellos para poder regresar a la realidad más tangible de la que venimos (guiris y latinos y lo que sea).

Echo de menos la bella ciudad exacerbadamente agobiante de la que vengo. Esa ciudad que la nostalgia convierte en un lugar interesante, históricamente profundo y hasta (no vale preguntar cómo) melancólico. Vengo de una ciudad ideal para pensar en ella desde aquí, una ciudad que tiene el papel de ciudad de origen y de ancla a la realidad. La Península Ibérica tuvo que ser seguramente fuente de inspiración para la idea de la Isla del Nunca Jamás, para terminar de hacerse a la idea basta con visitar Portugal. Mi ciudad en cambio haría mejor el papel de niño perdido, de un niño caprichoso, desordenado e iracundo al que sin embargo se le perdona todo al conocer su estado de orfandad. Así es. Vengo de una ciudad, de un país huérfano, al que no se le puede recriminar absolutamente nada porque las vicisitudes que ha tenido que enfrentar lo han obligado a forjarse el carácter que tiene. Y al final no puedes más que quererlo (de cerca o de lejos, quererlo). España es la Madre Patria, pero es una madre muy joven (no diré que demasiado) que aún quiere divertirse. Y es tan linda y gusta tanto que la necesidad de volver al niño perdido es inminente. Mi bonito niño perdido. No puedo evitar pensar en Mariana, y sin importar quién tome el papel de Carlitos y quién el de José Emilio Pacheco, cómo no enamorarse de ella siendo un niño perdido.

Mucha gente habla de enamorarse en (e incluso de) París. Por lo que entiendo es un poco como tener una mano que te estruja los lagrimales. Sin embargo, enamorarte en (o de) Madrid es como tener un algo (cualquier cosa) que te seca los lagrimales. Te da una sed incomprensible que te sofoca. Es más difícil llorar en climas secos, al menos en lo que a figuras retóricas se refiere. Todo esto siempre hablándolo como un foráneo, extranjero, agente invasor y ajeno. Un criterio sumamente subjetivo que por el hecho de no servir es necesario. Hay que darse rienda suelta en lo que no es útil, ya que es lo más cercano a la libertad. El arte es algo inútil que necesitamos para vivir y para lograr nuestra condición humana, o tal vez es justo lo que nos exime de la misma. Sería una explicación casi plausible para que después de Cervantes, Dalí, Picasso, Gris, Calderón, Lorca y una lista interminable de nombres, que por falta de tiempo y cultura no puedo mencionar, Madrid parezca la isla de James Matthew Barrie y su necio protagonista y la Ciudad de México parezca la Ciudad de México, una vanguardia incomprendida y embriagante que se cuece aparte, que se contagia ligeramente –como el mezcal- de las esencias que tiene cerca. Es por eso que a quien no le gusta el mezcal es sólo porque no termina de entenderlo.  

lunes, 10 de septiembre de 2012

Del tiempo libre...


Había algo que le gustaba hacer. Le gustaba meterse a los pequeños bares o cafeterías, pedir un café con leche y sentarse a leer, a escribir o a pensar en lo que podía leer y escribir. A veces también le gustaba inventarse historias, verosímiles o inverosímiles. No importa, historias. Después de un rato, de un tiempo siempre diferente, se levantaba y salía a las calles. Caminaba hacia algún lugar de la cuidad, tampoco importa qué ciudad. Eso sí, tenía que ser de Europa o de América porque de lo demás no conocía lo suficiente como para que diera igual. Un día tendría que ir a África a ver si le quedaba todo más claro. ¿El qué? No importa. Tenía algo con eso de los orígenes, constantemente intentando descubrir el origen de cada cosa, o de cada cosa que le pareciera importante, curiosa, interesante o divertida, al menos (aunque fuera sólo de voz para afuera).

No hay mucho que contar, en medio de un verano que pronto abdicaría a favor del otoño se iban los días –sus días. Trabajos ocasionales que buscaba con esfuerzo desganado, conversaciones que buscaba y suscitaba como, cuando y con quien fuera (tenía preferencias, pero si éstas no eran posibles fácilmente podía sustituirlas), caminatas largas, a veces necesarias pero mayoritariamente no. Y siempre una habitación (ni muy grande ni muy pequeña) de paredes blancas, esperando. Lo único de valor en ese cubo eran los libros; libros usados de librerías ubicadas en centros pseudo-culturales de diferentes ciudades. Fuera de eso: nada. Ropa, partituras, unos pocos objetos decorativos y más que nada estantes, vacíos sin importar qué tanto tuvieran encima. Una cárcel por la que pagaba un considerable alquiler, en una zona que es mejor no describir y de la cuál huía todos los días tan pronto le era posible y a la cual regresaba casi todos los días postergando el momento tanto como le era posible.

Desde hacía meses todo parecía espera, una larga espera. Los nuevos ciclos se tomaban su tiempo en comenzar. La nostalgia de lugares lejanos y conocidos se instalaba en sus pestañas y más tardes de las que podía contar se condensaba en agua y sal que bajaban enredadas por la cara, por los hombros, por el ombligo, por los muslos. Ni siquiera era tristeza, era nostalgia pura, siempre amenazando con volverse permanente. De haber tenido otro tipo de temperamento, otro tipo de patologías, patrones o discurso, se hubiera olvidado pronto de todos estos procesos sumamente imprácticos, incómodos e inconvenientes. Pero de haber tenido otro temperamento, otro tipo de patologías, patrones o discurso, la situación probablemente nunca hubiera llegado al mismo punto en el que ahora estaba. Una vez más, no importa. Todo era así, y de no haber sido no sería y yo sé que tú sabes que yo sé que sabes.

Y entonces, por qué no, vamos a escuchar a Mozart porque no se puede concentrar. ¿Para hacer qué? No importa, no se puede concentrar y ya está. Tan ariscas las propias voces internas unas con otras. A más de una no le ha gustado la respuesta y se desata una discusión álgida, violenta y, más que nada, sin sentido alguno. Jugando a Alicia en lo que el reloj marca y media y tiene excusa para partir al no sé qué. Obsesivamente puntual, u obsesivamente huyamos-para-no-pensar. Sin embargo, hace unos párrafos he mencionado que le gusta pensar. Así es esto, hay momentos para todas las cosas. Y sin embargo no hay cosas para todos los momentos. Y si las hay pueden ser muy (jodidamente) difíciles de encontrar, no cualquiera. Éste, al menos, no era el caso(o no siempre (o no usualmente)).

Y de camino de regreso a la cárcel blanca, con el afán ya mencionado de postergar, se detiene a llevar a cabo su ritual (también ya mencionado) favorito: tomar un café con leche en el lugarcillo elegido de entre todos los lugarcillos de la zona que más que elegida a consciencia fue resultado de un juego de azares y circunstancias no planeadas. Esta vez no imagina una historia inverosímil. Esta vez simplemente piensa en todos esos ciclos que tan ansiosamente espera y que están a punto de comenzar. Luego se dedica a recordar todos aquellos otros ciclos cuya consistencia líquida la ahogaba hasta hacía poco tiempo. Pensaba en éstas y otras cosas sin sentido. En el fondo sabía que lo que le gustaba era la montaña rusa, sentir por sentir, lo que fuera menos la calma. El histrionismo por el histrionismo mismo. Entonces, en épocas de paz, recurrir a la ansiedad y a la desesperación para fingir que no existe la calma, se convertía en una solución patológicamente fácil. Vamos a provocarnos el vómito porque no nos gusta que nuestros Yos (yoseseseseseses) estén todos en armonía, necesitamos debate interno que sin ése no hay externo. Si las voces no hablan parece que está uno solo. ¿Y a quién le gusta estar solo?

viernes, 10 de agosto de 2012

Del número de días...


Hay días que me levanto y siento, sé, que tengo cincuenta años. Esos días en que sé cosas que preferiría todavía ignorar y que me pesan. Esos días en que me doy cuenta que he ido marcando un camino y que no hay vuelta atrás, todo lo que puedo llegar a aspirar son bifurcaciones y tomar las direcciones adecuadas para la segunda mitad de mi vida –como prefiero llamarlo-, si es que eso existe.

Hay días en que no me puedo levantar, me pesa el cuerpo y tengo catorce años. Esos días en que mi cuerpo cree que sigue creciendo y yo creo que nadie en el mundo me entiende. Entonces, cuando logro levantarme, tengo una guerra contra todo. Quiero comprarme ropa y entrar a los mismos lugares a los que va toda la gente. Ser tan diferente que pueda encajar en todas partes.

Hay días en que mi cabello es gris. Tengo todas las horas a mi disposición para dedicarme a recordar. Se van turnando recuerdos felices o tristes, graciosos o molestos, reales o falsos, y siempre, en todos ellos, la nostalgia de tiempos en cierto modo mejores.

Hay días en que no tengo edad, todo es nuevo. Cualquier cosa que me digan esos días se marcará para siempre en mi memoria porque está en blanco. Un brochazo de pintura intensa y no se podrá borrar. Esos días, sin darme cuenta, necesito de alguien que me cuide, acabo de llegar al mundo.

Hay días en que tengo veinte años. Creo en ideales cuya lógica interna me inunda y hace que el todo y yo, especialmente yo, tengamos sentido. Esos días me dedico a abordar gente y a contarle las conclusiones a las que he llegado, mi idea ni siquiera es convencer, sino hacer realidad todas esas figuras que flotan en el espacio cerca de mí.

Hay días que, de un salto, se me han sumado diez u once años, tengo treinta y pocos. Tengo las cosas tan claras que me confundo. Me doy cuenta de que, sin importar cuánto tiempo tenga delante, hay cosas que ya no podré hacer. Quiero y no quiero restarme años. Me da gusto esta claridad y sin embargo he entendido que el tiempo ha pasado, pasa y seguirá pasando.

Hay días que son pura noche, no he nacido. Mis sentidos están confinados al espacio de un tipo de matriz. Nada me preocupa, me hablan desde afuera palabras que no entiendo. Ni siquiera sé que son palabras. Doy una patada para acomodarme y conmuevo al ente exterior que ha decidido prestarme un espacio dentro de sí para vivir. No hay paz ni guerra en mí, no pienso ni intento explicar nada. Cada vez tengo menos de esos días.

Hay días, los menos, los casi nunca, que entiendo o creo entender que no importa el número de días. Esos días soy tan consciente de las edades que las olvido. No tengo ni cincuenta, ni ochenta, ni menos de uno, ni veinte, ni treinta y pocos; y gracias a que no tengo edad, soy libre y me permito ser.