MIEDO DA A VECES COGER UNA PLUMA

"Miedo da a veces coger una pluma y ponerse a escribir,
miedo da a veces tener miedo a tener miedo [...]"
Gloria Fuertes

lunes, 23 de julio de 2012

De un encuentro...

Hoy me cuesta escribir. Las letras son agujas y por eso lloro. Lloro por dolores en diferentes partes de lo que llamo alma, de la pulpa del yo. Un día mientras camine me encontraré con unos ojos familiares y agacharé la cabeza. Me dolerá saber que son ojos que conocí con todos mis sentidos y que ahora sólo me entran por la vista. Si por casualidad tú también me reconoces, voltearás hacia otro lado. La vitrina por la que pasas a diario se convertirá de pronto en un mostrador de maravillas, los zapatos en rebaja serán tan llamativos como cuadros fauvistas y todo lo que te ayude a borrar de tus retinas la momentánea luz de ese par de esferas que habías pretendido olvidar y no volver a ver, será bienvenido por un instante eterno.

Cuando apartemos la vista -yo del suelo y tú de los maravillosos tacones rojos- y volvamos a mirar hacia el frente, con el corazón al borde de la taquicardia, la adrenalina pinchando la punta de los dedos y otras hormonas segregadas en honor a esos tiempos guardados en armarios grises, sólo habrá espacio frente a nuestros ojos. Incluso si es un viernes por la tarde y la acera está tan concurrida como suele estarlo esos días, sólo podremos ver espacio vacío. Las cabezas de los demás regresarán a la transparencia que tenían en aquellos días y nos encontraremos caminando entre los fantasmas de lo que antes fueron sombras.

Llegarás a casa, te preguntarán qué tal tu día y responderás que bien, que todo bien, lo de siempre. Utilizarás años de práctica de sonrisas desteñidas pero creíbles y mostrarás un poco tus dientecillos blancos en un gesto que ante la mayoría de la gente no te delatará. No se prestará atención a ese brillo que hay detrás de tus pupilas, ni al tono azul lágrima que han adquirido tus iris ese día. Mientras, yo llegaré a casa, me sentaré al lado de la ventana a fumar y tal vez intente escribir. No podrá salir nada bueno porque es un tema demasiado recurrente. Un tema del que todos escriben como si supieran. Me incluyo.

Y así, por varios días, despertaré sabiendo que soñé contigo, evitaré esa calle en donde te vi y tendré uno (o más) nudos en el estómago. Si alguien pregunta, diré que he tenido demasiado trabajo o demasiados exámenes o demasiado de algo. Diré que he tenido demasiado de cualquier cosa antes de decir que he tenido demasiado de ti en la cabeza. Alguna vez te dije que guardaría tu secreto, no pensé que sería de un material tan pesado. Cuando intente sentarme a leer me golpeará claramente tu imagen frente al teclado, después de haber estado jugando al hacker mientras intentabas recordar la contraseña de un correo sucio por el polvo cibernético de tanto tiempo de desuso. Finalmente habrás conseguido abrirlo y te encontrarás con el espacio destinado a escribir(me). Pero no hay nada para decir.

Y luego, después de un tiempo que habremos ocupado en repetir un proceso conocido, lo demás volverá a envolvernos. Volverás a cantar en las mañanas mientras preparas tostadas con mermelada y yo volveré a entender lo que leo. Volverás a las tiendas a atacar rebajas ya que es temporada y yo volveré a los paseos en bicicleta por la ciudad. Los fantasmas de las sombras recuperarán volumen y sustancia y el ruido de las vías se mezclará con sus conversaciones, sus gritos y sus risas. Tomará un poco más de tiempo, pero abandonarás el camino alternativo que habías "descubierto" y volverás al camino corto de siempre, olvidando casi que en tal calle nos cruzamos. Nadie se habrá enterado de nada. Eso a lo que llamamos "la vida", como siempre, seguirá, indiferente a los pequeños encuentros.

domingo, 8 de julio de 2012

De un grito...


Grité y grité y grité. Grité muy fuerte y luego muy quedito. Grité hasta casi llorar por el dolor de garganta, de estómago y de oídos. Grité para sacar del algún modo todo lo que sentía que se estaba pudriendo dentro de mi cabeza. Mi grito era en realidad un vómito de aire y ruido. Mi grito, mi vómito, era frustración, era protesta, era enfado, era sed de venganza, era tristeza, era toda la escoria de las sensaciones. Mi grito lo componían dos, tres, mil, infinitas voces internas unidas y peleadas entre sí. Mi grito era la nota más larga y más melancólica del saxofón más solitario e incomprendido tocando el blues más blues de todos los tiempos. Mi grito ocupaba un espacio en el vacío y un vacío en el espacio.

Grité hasta casi sangrar; hubiera gritado hasta sangrar si no se me hubiera vuelto de noche en la mirada antes.
 
Cuando desperté seguía en esa esquina del mundo más alejada de todo que el pico más hondo o el mar más elevado. Más rechazada mi esquina que las montañas donde deambulan los peces y los océanos en donde los osos buscan panales marinos. Mi esquina, mi rincón olvidado por todos menos por mí. El único lugar en que podía antes encontrarme con mi propio gato de Chesire que dejó de ir porque ya no cabía su sonrisa. Una esquina en donde se encontraban elementos de mi infancia más temprana y elementos tan recientes que parecían el futuro inmediato. Estos elementos se mezclaban formando lo que aparentemente era yo. En esa esquina se encontraban los personajes de los libros que yo había -consciente o inconscientemente- decidido adoptar. En esa esquina se mutilaban voluntariamente para dejarme la parte de ellos que me interesaba y unos pocos me vendían a precio simbólico su alma completa. Desde esa esquina de crímenes e impunidad había gritado yo, mi esquina de la existencia propia absoluta y de la no-existencia de todo lo que no era yo. 

lunes, 2 de julio de 2012

Del verde (U)...


Cada vez que entro a ese baño, lo primero que pienso es: “este baño es demasiado verde”. En realidad no es cierto, no puede serlo. Las paredes, la tina y el váter son blancos; las baldosas y las cortinas son azul cielo; la puerta es marrón y el espejo la dobla; las toallas son de varios colores pero nunca verdes. Lo único verde es el juego que acaba de poner mi casera en el lavabo para colocar el jabón líquido y el de barra, los cepillos y la pasta de dientes. Son cuatro tonterías que hacen que para mí el baño sea demasiado verde.  El verde nunca ha sido mi color favorito. Es más, por lo general no me gusta. Supongo que mi cerebro hace alguna asociación mental entre el verde y algún estado de ánimo, algún suceso, alguna anécdota...

Lo peor es que éste ni siquiera es un verde lorquiano, todo lo contrario: es un verde vulgar y chillón. O así lo siento yo cada vez que entro en las mañanas al baño y al encender la luz me llena violentamente la vista alguno de los cuatro monstruitos (por lo general el del jabón líquido, que es el más grande). Los detesto. No puedo deshacerme de ellos porque no son míos, no es mi baño, no es mi casa. Misma razón por la que no puedo deshacerme de otras tantas cosillas que me parecen clara muestra de mal gusto o de acontecimientos sumamente privados que no me han sido compartidos y que justifican su presencia. De cualquier modo, su función parece ser la de recordarme lo ya mencionado: no es mi casa.

Me mudé a este pueblo porque necesitaba salirme del caos que era mi ciudad… del caos que ES mi ciudad. Había llegado un punto en que ese caos se me había metido ya por los ojos, por las orejas, por la nariz y por la boca. Me había invadido y utilizaba mi cerebro cual ocupa. No había pedido permiso, simplemente se había instalado ahí y parecía gozar de cambiar las cosas de lugar, de hacer nudos de marinero, de abrir puertas que debían estar cerradas y viceversa. Yo había llegado a la conclusión de que o el caos era uno sólo y disfrutaba de violar el sello de privacidad de la gente que se le antojara, o de que eran caos diferentes para cada persona y todos confabulaban para hacer que las mentes caóticas (screwed minds, mejor dicho) se encontraran.

Sea como sea yo había chocado de frente con otro caos andante. Caminando por una avenida grande, a una de las pocas horas del día en que hay poca gente en las calles de mi preciosa y repelente ciudad, con plenty of space to move, chocamos por tener la vista de frente y la mente debajo, arriba, a los costados o todas las anteriores. No fue amor a primera vista ni todo lo contrario. Fue lo que fue, y todavía no sé qué fue. No pasó nada interesante, se me cayeron de la mano un par de libros y pisé su vestido largo y pseudo-hippie. Sí que mis ojos se tomaron su tiempo para recorrer los patrones amarillos y rosas del vestido antes de llegar a esos ojos escondidos detrás de esas gafas tan redondas que sólo le podían quedar bien a ella. Yo en cambio llevaba mis Levi’s  de siempre y una camisa ligera y gris. Probablemente ni siquiera nos hubiéramos dirigido la palabra de no ser porque se detuvo un segundo y sacó de su bolso el mismo libro que se me había caído a mí de la mano (me ahorro el título para no hacer esto demasiado personal). Es probable que nos hayamos reído. Desde ese momento quise que fuera mi amiga, y ella quiso lo mismo.

En realidad no me acuerdo de qué hablamos aquella vez, o quién sugirió ir por un café. Estoy convencida de que ninguna de las dos planeaba nada, al menos no a un nivel consciente. Por mala suerte (o buena suerte, o yo qué sé) las dos teníamos al ocupa jugando al ajedrez con nuestras cabezas, alimentándose de lecturas  con personajes igualmente caóticos, relaciones igualmente patológicas y demás. Pero esos primeros días éramos dos amigas, dos niñas tomando el café, poniéndonos al corriente de los hechos que considerábamos importantes de nuestras existencias como si lleváramos toda la vida conociéndonos (y con la necesidad de hacerlo justamente porque no era así).  No quiero hablar mucho de ella, no quiero decir quién era ni quiénes eran sus padres, no quiero decir qué hacía (aunque tarde o temprano puede que lo diga), no quiero decir muchas cosas porque las tengo demasiado presentes todo el tiempo. No quiero decir su nombre. Prefiero referirme a ella con una letra elegida al azar entre todas las letras… la “U”, porque es vocal y parece tímida.  En realidad porque sí. Siendo coherente en el relato de la historia con la historia misma, todo lo que hacíamos lo hacíamos porque sí, porque nos apetecía, porque queríamos, porque no esperábamos encontrar comprensión ni tolerancia en ninguna parte –principalmente porque no la buscábamos-. No buscábamos nada porque sin buscar habíamos encontrado ya lo que creíamos que nos llenaba. No sé si llamarlo mentira o error. O los dos.

Ni U ni yo estábamos especialmente involucradas en la política, pero como la mayoría de los estudiantes creíamos en un posible cambio. Íbamos a alguna que otra marcha, leíamos a ciertos autores, nos deleitábamos en crear a base de conversaciones sistemas imaginarios que podrían haber funcionado si hubiéramos vivido en la utopía necesaria. Todo lo que hablábamos siempre (incluida la no-política) requería de esa utopía cuya ausencia notábamos como un dolor molesto, siempre ahí, constante pero soportable. Cuando nos reíamos, cuando le daba la mano, cuando se estrellaban nuestras miradas, cuando me cogía de la cintura, cuando todo parecía magia, estaba ese doble fondo que se dejaba ver en el sombrero, la destrucción de una pompa de jabón, Santa Claus con la ropa de papá, un comentario ácido que se burlaba de nosotras.

A decir verdad no teníamos almas revolucionarias. Sin necesidad de decirle nada a la otra, nos encargábamos de averiguar lo suficiente de las marchas y protestas como para asegurarnos de que eran fundamentalmente pacíficas. Éramos anarquistas sólo en nuestra utopía de mesa de café. Por eso mismo toda la historia es aun más triste. Por eso la broma es aun más grotescamente graciosa. Fuimos porque nuestros amigos iban. Fuimos en nombre de nuestra pequeña utopía. Fuimos porque sus gafas y mis pendientes eran claros indicativos de nuestra condición de intelectuales. Fuimos porque cómo no íbamos a ir. Fuimos por todas las razones equivocadas y al mismo tiempo fuimos por todas las razones correctas.

Íbamos riendo y hablando bien fuerte, como casi todos a nuestro alrededor. Cientos de estudiantes medio caminando, medio saltando, en grupos de dos, de tres y a fin de cuentas en un enorme grupo de más de trescientas personas. Éramos un líquido revolucionario-burgués. El llamado había dejado muy claro que era un movimiento pacífico… PA-CÍ-FI-CO. Lástima que nos enteramos nosotros pero no las macanas. Esas macanas que llegaron al caer la tarde. El sol las ponía rojas rojas rojas, como si estuvieran muy calientes y por tanto quemaran. En realidad, quemaban. Cuando se hizo el recuento de nuestro “movimiento”, se contaron varias ventanas rotas, coches con los cofres hundidos, cosas quemadas, cafés asaltados y tres muertos. Sólo se olvidó decir que los estragos corrieron por parte de las macanas. Se les olvidó. Igual que se les olvidó decir que U era estudiante, que U llevaba unas bonitas gafas redondas de montura gruesa, que su vestido no era en realidad rojo.  Se les olvidaron tantas cosas. Y por eso mismo soy yo quien tiene que recordarlas siempre. Cargar con ellas siempre. Ver el verde y acordarme del logo de un partido político detrás de unas macanas intolerantes.

Huyo, pero lo que dice Cavafis es cierto: “No hay tierra nueva, amigo mío, pues la ciudad te seguirá[…]”. Y me sigue. El problema es que los muertos se olvidan. Los cristales rotos de las ventanas importan más que los cristales de las gafas, el símbolo de la alteración del orden vale más que el símbolo de la represión. Al final no importa quién rompió qué, el punto es que no se vuelva a romper. Más vale cerrar la boca y mirar a otro lado. Siempre es mejor mirar a otro lado. Siendo mudos somos intocables. ¿No?

U preciosa, me acuerdo de ti todas las mañanas cuando el verde me ataca. Me acuerdo de tus ojos detrás de las gafas y me acuerdo de las gafas. Me acuerdo de los días felices aun en medio de la podredumbre de eso que llamaban patria y me acuerdo de las últimas miradas justo antes de que esa podredumbre nos alcanzara con gritos, golpes y agua a presión. Y quienes quieran olvidarse del olor insoportable de esos días bajo los cuales crecía y se gestaba un hervidero de moscas y mierda, que se olviden, no los culpo. Yo prefiero intentar olvidar de dónde vengo, evitar los espejos para no recordar mi imagen, cerrar los ojos para no verte en ellos.

domingo, 17 de junio de 2012

De los fragmentos...


Tú miras, tú tocas, tú sientes. Yo escucho, yo huelo, yo creo. Tú corres. Yo nado.  Tú sonríes, tú lloras. Yo río, yo grito. Tú estudias, tú lees, tú piensas. Yo pinto, yo canto, yo escribo. Tú hablas. Yo callo. Tú ignoras. Yo sé. Tú volteas. Yo observo. Tú actúas. Yo recuerdo. Tú olvidas. Yo entiendo. Tú sabes idiomas de países. Yo sé lenguajes universales. Tú bailas. Yo tropiezo. Tú debates. Yo peleo. Tú perdonas. Yo beso. Tú abrazas. Yo acaricio. Tú vives. Yo existo. Tú mueres. Yo duermo. Tú sueñas. Yo despierto.  Tú imaginas. Yo invento. Tú descubres. Yo aprendo.  Hoy somos esto; mañana todo lo contrario. O no.

Nos mezclamos. Creemos que nos mezclamos. Nos complementamos. Queremos creer que nos complementamos. Buscamos una totalidad, una unidad; por instantes la alcanzamos. O no. Una ventana en los ojos nos deja ver que estamos incompletos. Te asustas, huyo. Ves una sombra, yo veo un reflejo. Ambos de nosotros mismos. No podemos complementarnos. Nos damos cuenta de nuestra incapacidad para ser piezas. No somos piezas. No hay un todo.

Tú miras. Yo miro. Tú tocas. Yo toco. Tú sientes. Yo siento. Escuchamos, olemos, corremos y nadamos. Tú sonríes. Yo río. Tú lloras. Yo grito. Estudiamos, leemos, pensamos. Pintamos, cantamos, escribimos. Tú hablas. Yo callo. Tú ignoras. Te explico. Volteamos, observamos, actuamos. Recordamos, olvidamos y entendemos. Sabemos idiomas y lenguajes de ningún lugar. Bailamos, tropezamos. Tú debates. Yo peleo. Tú perdonas. Besamos, abrazamos. Yo acaricio. Vivimos, existimos, morimos, dormimos. Tú sueñas. Despertamos, imaginamos. Yo invento. Descubrimos, aprendemos. ¿Qué somos hoy? No hay un todo. O sí.

Nos fundimos sin mezclarnos. Creemos que no nos mezclamos. No buscamos nada. Lo encontramos. O no. Una puerta en los cuerpos nos deja entrar en lo inacabado. Somos obras sin terminar. Te ríes, grito. Escuchas una voz, yo un aullido. Ambos del otro. No podemos no mezclarnos. Percibimos una combinación heterogénea. No somos elementos. Somos un todo en la soledad de la que escapamos. Luego no. Nos mutilamos al buscar la unidad. No hay una unidad.

Tú miras. Yo miro. Miramos el mismo punto y no vemos lo mismo. Tú sientes. Yo siento. Vivimos el mismo momento y no sentimos lo mismo. Tú sonríes cuando yo río. Tú lloras cuando yo grito. Yo callo cuando tú hablas. Yo te explico cuando tú ignoras. Has recordado lo que yo olvidé. Has actuado mientras yo sólo observaba. Sabemos y sabemos y sabemos y no nos sirve de nada. Hablamos el mismo idioma y tantas veces no podemos entendernos. No te entiendo. Tú me enseñas. Yo aprendo. Tú guías. Yo invento lo que tú imaginas. Tú sueñas que yo existo. Cuando despierto mueres. Luego creemos que vivimos. Vivimos. O no.

Carezco. Te falta. Lloras. Grito. Sonríes. Río. Somos fragmentos de nosotros mismos. El caleidoscopio se ha roto. Siempre ha estado roto. Los fragmentos de cristal caen al suelo estéril, estéril como nuestros intentos de unidad. Río más. No entiendes. Eres azul. Soy rojo o amarillo. Nos acercamos, nos superponemos, somos violeta, verde, naranja, blanco y negro. Ahora entiendes. 

domingo, 10 de junio de 2012

Del viento...


Fue una de las primaveras más agobiantes que recuerdo. Esas temperaturas me parecían de otra estación y de otro país, al menos de otra ciudad con menos elementos citadinos: menos edificios, menos coches, menos gente… o tal vez todo eso estaba en su lugar y el único elemento que sobraba era yo. Demasiado yo para un territorio que parecía tan grande pero era en realidad tan reducido. Una jaula ya que se le mira de cerca. Una jaula que probablemente era mi propio cuerpo y no el cuerpo formado por el ladrillo, el concreto, el hierro y demás materiales de construcción. Una jaula que me hacía sentir constantemente al borde de la implosión.

Es por eso que cuando llegaba el viento yo sentía que me deshacía con sus caricias. Tenía ganas de irme con él, sin preguntar, sólo dejarme ir. Se me metía por debajo de la falda, entre el cabello, en el escote y me daba la vuelta, me recorría entera con manos de concertista que conoce la presión, el ritmo y la interpretación adecuados. Era un deleite que me dejaba sumamente triste. Se iba y me dejaba con el corazón y el pelo alborotados. Un amante cruel. El amante que desata y se ríe de la histeria, que hace que las peticiones más sobrias parezcan caprichos.

Lo más difícil de explicar es, sin duda, la sensación de que era el viento (paradójicamente) mi mayor apoyo. Las únicas veces que sabía que me podía dejar ir y que alguien me sostendría, era cuando le daba por una de sus visitas. Había días que parecía que se quedaría, su presencia constante en apariencia indiferente al paso de las horas. Sin embargo no era así, no se quedaba. Esos días se acababan y los pocos árboles de la ciudad y yo nos quedábamos como esperando algo que no llegaba. Y esa espera se traducía ineludiblemente en soledad.

No me gusta hablar mal de la soledad, creo que es sumamente incomprendida. Su existencia es una constante contradicción. Se busca su compañía cuando no quiere venir y se le rechaza cuando visita voluntariamente. El colega que sabe pero cuya presencia tiende a incomodar, el que nos dice cosas ciertas de nosotros mismos, nos señala nuestros errores y nos obliga a una reflexión real. El colega que nos obliga a conocernos más y por ello la mayoría de las veces evitamos su pútrida presencia, su sabor amargo, su color desagradablemente sobrio. Sin embargo, cuántas veces buscamos su abrazo suave y su piel lisa y fresca cuando nos encontramos entre tantas otras pieles pegajosas de tanto sudor, mentiras, rutina e intromisión.

Al final yo agradecía la inconsistencia de mi viento adorado, de haberse quedado le hubiera repelido como tantas otras veces lo había hecho con amantes y amigos. Mi involucración con el ciclo de la soledad era alta. Una relación de amor-odio siempre presente. Buscaba desesperadamente esa piel cuando me daba cuenta que me costaba sentir mi propia piel. La buscaba cuando mis acciones comenzaban a parecerme ajenas, cuando de pronto sentía que era una desconocida la que guiaba mi vida. Y me lanzaba a sus brazos, la besaba desesperadamente intentando hacerla mía. Este juego duraba hasta que volvía mi capacidad de reconocerme, hasta que convivía lo suficiente con la extraña que habitaba dentro de mí como para que regresáramos a la unidad. Entonces venía el siguiente paso del ciclo: el rechazo. El escupitajo en el rostro de quien había acudido pesarosamente a mi llamado y que ahora no quería irse. La recriminación al tercero en una relación que no puede por ningún motivo quedarse una vez que el primero y el segundo han vuelto a unirse. En mi vida no tenían cabida las cosas pares. Éramos o tres o una. O tres o yo… y yo y yo. Y únicamente por esa primavera también el viento. El viento y una que otra cosa dulce -siempre y cuando tuviera al final un deje amargo. El deje amargo de no dejarse consumir, de no dejarme consumirle, de ser insustancial como el viento y sonreírme poco y sólo cuando no lo pidiera. Sólo eso me aseguraba que tampoco esperaba una sonrisa de mí, que tampoco esperaba algo de vuelta. Sólo la inconsistencia ajena podía justificar la mía. 

lunes, 19 de marzo de 2012

De las peceras...

Salió del apartamento y caminó calle abajo. Después de caminar alrededor de cinco minutos se encontró justo enfrente de las escaleras del metro. Una… dos… tres paradas y bajó en automático. Salió, el aire frío lastimaba. Se ajustó el abrigo cubriendo casi la mitad de la cara. Caminaba viendo las lozas sin realmente mirarlas. Le eran tan ajenas. Todo le era tan ajeno.
Había días que se levantaba, de esos días en que no hay mucho que hacer y la vida parece tranquila, y al ver hacia la ventana: lloraba. Lloraba por lo ajeno que se sentía. Esa ciudad tan bonita detrás de las ventanas no era suya. Y la otra, la no tan bonita (no se atrevería jamás a llamarla fea de nuevo), si no era suya al menos sí tenía todo lo suyo. Su casa, sus calles, su cuarto, sus libros (la mayoría de ellos al menos), su cama, sus ventanas, su ciudad detrás de sus ventanas y sus caras conocidas. Sus caras queridas. Cuán queridas.
De cualquier modo, ese no era uno de los días en que lloraba viendo a la ventana. Ese era un día un poco diferente, no mucho, pero sí un poco. Era día de acuario, cosa que sucedía cada tres o cuatro semanas. Ya que la mayoría de los museos son gratis en domingo, intentaba siempre aprovechar la circunstancia. Y aunque el acuario no fuera propiamente un museo, entraba en la promoción. Por lo general hacía el esfuerzo por conocer nuevos museos aunque estuvieran lejos, o ver nuevas exposiciones, o algo diferente. Sin embargo, el acuario se repetía con cierta regularidad (aunque cada vez más). Era como el postre. Siempre sentía, al ir a otros museos, que estaba cumpliendo con un tipo de obligación auto-impuesta. Como comer el plato de verduras para llegar al helado.
Algunos de los otros museístas (en este caso acuaristas) se cuidaban muy bien de guardar las distancias con el tipo raro de la pecera grande, ese que se quedaba tanto tiempo casi pegado al cristal y que de vez en cuando se reía quedito –o no tan quedito. Otros ni lo veían, los más en realidad. Los guardias y guías del museo ya lo conocían y no se inmutaban en lo más mínimo. Incluso había una chica, que cuando coincidían, le conseguía silla, y en una ocasión en que hacía frío por un problema con la calefacción, le consiguió también una mantilla.
Nadie en su ciudad, en la no tan bonita, sabía de esta costumbrilla. A saber si se hubieran alterado o si lo hubieran encontrado gracioso, como tantas otras cosas que hacía a las que ya estaban acostumbrados. Curioso que en verdad los hacía partícipes de todo menos eso, al menos de todo lo que valoraba o consideraba importante, simpático, triste, preocupante, impresionante o emotivo de cualquier modo. Pero de eso no. Era como su secreto. Era como si nadie más supiera del acuario, para él todos los demás acuaristas eran en realidad sombras. En su mayoría sombras brutas e insensibles que ignoraban lo más bello para poner atención a lo más ordinario. Sombras que invariablemente golpeaban los cristales y se reían cuando todos los peces reaccionaban al beat. Sombras que admiraban las cosas por su tamaño y no por su detalle; la trucha gigante en vez de las anémonas de colores. Sombras que no se quedaban suficiente tiempo frente al cristal negro como para ver que las lucecillas que brillaban dentro eran medusas u otros animales de las profundidades con luz propia. Qué asco de sombras.
Él, cada vez, recorría pausadamente el acuario, daba a cada pecera por más chica o grande, una parte de su tiempo. Pero al final le gustaba regresar a la pecera grande y quedarse ahí el resto de su día. Regresaba a ella no por grande sino porque ese tamaño le daba la posibilidad de la variedad. Le resultaba hilarante lo claramente que se podía ver la vida después de observar la pecera, por eso a veces se reía. Se daba cuenta que la gente no era tan diferente de los peces. Que era todo igual de básico. La ley de Herodes controlada al igual que el ambiente es controlado en la pecera para que el tiburón no mate a todos los pececillos de colores y ese tipo de cosas. Resultaría cansino decirlo por lo obvio que es nada más pensarlo un poco.  
Se sentía en paz después de cada una de estas visitas. Se sentía menos ajeno. Entendía que la gente era igual en todas partes, que la gente de la ciudad bonita era en esencia igual a la de su ciudad no tan bonita. Entendía que la única distinción la hacía él. En pocas palabras era como ir a una sesión de optimismo puro, de superación personal. El problema es que siempre se le terminaba olvidando. Con el tiempo cada vez pasaba más rápido. Últimamente, regresaba a sus lágrimas a los dos o tres días de haber suministrado su dosis acuárica. Cuando iba, los guías tenían que pedirle, casi forzarle a que saliera a la hora del cierre. Inclusive un par de veces le habían dicho que se alejara un poco de la pecera porque estaba tan pegado al cristal que no permitía a los demás acuaristas apreciarla en su totalidad. Empezaba a sentir que su “hobbie” se le iba de las manos. Se daba cuenta que ya cuando veía a sus peces favoritos perdía un poco el control. Le entraban ganas de atravesar el cristal, de volverse un pez o un alga o lo que fuera con tal de estar dentro de ese ambiente tan controlado y tan simple. Quería estar en ese lugar en que las cosas eran tan claras y tan bonitas.
Qué triste cuando llegó y lo encontró cerrado. Qué desesperación. El guardia, que lo conocía, le explicó que la pecera grande se había roto por un problema de presión bla bla bla. No escuchó nada a partir de ahí. Se había roto. El mundo controlado, el mundo bonito, el mundo simple, el mundo se había roto. No podía ser, el mundo no podía romperse así nada más. Porque ¿cuál era la metáfora para eso? ¿O al revés: de qué era eso la metáfora, el paralelismo? ¿Cuál era el mundo? La ciudad bonita no podía ser el mundo, porque era sólo una ciudad. La pecera parecía mucho más completa, era tan tangible… y se había roto. Se había roto la pecera y con ella todo se había roto. Él se había roto por dentro, o terminado de romper. Para fines prácticos: lo mismo. Pero algo tenía que ser coherente en ese caos. Tenía que encontrar la coherencia. Qué desequilibrio. Eso no podía ser. Él, que siempre había buscado la unidad, no podía romperse sólo de dentro.  Entendía su misión. Era el único capaz de regresar el orden al mundo porque era el único que lo veía. Las sombras no podían romperse porque eran nada, eran materia oscura, insustancial, incompleta.
Y así se quedó, cavilando. El guardia siguió hablando por varios minutos bla bla bla los peces estaban bien. ¿Qué peces? Bla bla bla tan sólo había sido una pequeña fuga, nada grave. Bla bla bla en un par de horas estaría abierto. Pero las palabras ya no lo alcanzaron, la decisión, la ruptura estaba hecha. Si acaso era cuestión de tiempo, no se podía culpar al guardia por empezar la noticia tan alarmistamente. Nada de investigación por homicidio. En una carta dirigida a una persona sin cara en una ciudad no tan bonita, sólo decía que alguien tenía que hacerse cargo de unos gastos, de unas cosas, de un entierro, de todo. Ninguna noticia de la pecera, ninguna sombra acuarista que relacionara ambos hechos o siquiera recordara al “hombre de la pecera grande”. Nada ni nadie en esa ciudad bonita y ajena. 

jueves, 22 de diciembre de 2011

Del humo...

Esto nunca se lo había dicho a nadie. Uno tiene miedo de que no le crean, de que lo tomen por un loco. Sin embargo, hoy es uno de esos días en que es necesario revelar secretos. Uno de esos días en que los secretos se han hinchado tanto que o se sacan o explotan y lo dejan a uno deshecho. Hay otros tantos secretos que podría contar –bueno, quizá no tantos- pero éste parece ser el de hasta arriba del bote. Parece que hasta no quitarlo del medio, me será imposible sacar cualquier otro. En verdad que cuando lo pienso no parece tan terrible, es sólo que esta aparente pasividad suya me asusta aun más. Como si fuera una inocencia fingida que realmente sólo espera la oportunidad para ser astutamente cruel. De cualquier modo, no hay manera de evadirlo más. Tarde o temprano iba a tener que afrontarlo. Ahora no sé si es más temprano que tarde, pero lo haré.

Yo de chico podía convertirme en humo. Ya está, lo he soltado. A que no parece tan terrible. El problema –aunque no sé exactamente por qué es un problema- radica en que es cierto. Sin más, podía hacerlo. Por muchos años (alrededor de unos once) fue así. Recuerdo la sensación de ir haciendo espirales por el aire, el vértigo de que llegara un viento y me esparciera por ahí, la delicia de la sorpresa: nunca habían dos vientos iguales, los ángulos de “ataque” eran infinitos.  La sensación de flotar, la ausencia de peso, de algo que me asiera a la tierra era la sensación de la libertad perfecta. Es raro, porque no tengo cómo comparar esa libertad, no me ha vuelto a pasar, y sin embargo sé que era eso.  También dependiendo de mi estado de ánimo previo al estado-humo se daba la espesura. Estaba ese humo blando, más blanco y lechoso, suave, casi palpable; estaba el humo raquítico, demasiado gris y escaso, por lo general agrio; estaba el humo flexible, ese que hace mil piruetas antes de disolverse adaptablemente en la situación, vistoso y simpático a las exigencias, ese con el que los fumadores hacen aros y uno que otro personaje no tan ficticio hace barcos; y bueno, estos tres y sus tantas –me atrevería a decir incontables- variaciones.

¿Es tan difícil de creer? Entiendo que ante mi incapacidad para presentar pruebas, la mayoría de los lectores simplemente abandonarán el texto (probablemente sin terminarlo siquiera) pensando que para presuntuosos, mínimo uno que despliegue su colección de talentos más tangibles y actuales. Pero no hay nada que pueda hacer contra esta decisión. No hay pruebas que pueda presentar. Tan sólo somos yo y mi palabra -o mi palabra y yo para al menos ser cortés si no se me puede atribuir otra virtud en estos momentos. Parece muy conveniente todo esto de hablar de una capacidad en pasado y atribuir a la mala suerte el no poder demostrarla más: pero no lo es. Todo esto tiene una historia más bien triste. Me abstendría de contarla si no fuera porque con tan poca información es necio de mi parte prescindir de aun más datos.

Lo diré de la manera más simple: perdí la capacidad de convertirme en humo el día en que la necesité por primera vez. Así es, antes de ese día siempre había sido un capricho, un talento divertido como tantos que hay en este mundo nuestro. Un talento como el de quedarse sin pestañear por horas o aguantar bajo el agua por cinco minutos, lamerse el codo o hacer malabares con dieciséis pelotas (toda proporción guardada entre unos y otros, y sin analizar furthermore si pueden considerarse o no talentos). Además, era algo muy mío, me parecía tan normal que ni siquiera se me ocurría contárselo a mi madre, mi única confidente en un mundo infantil en el que todos los niños me consideraban lo suficientemente raro como para excluirme de cualquier juego (cabe decir que no les guardo rencor, por el contrario, se los agradezco). Fue gracias a este tipo de comportamientos tan humanos que yo me aislé lo suficiente como para convertirme en humo. Y de ahí en adelante no podía pedir un mejor compañero de juego que el ya mencionado viento. Era mejor que cualquier otro amigo porque era impredecible, característica raramente encontrada en los niños de mi edad (si bien es inherente a las niñas, que sin embargo ni siquiera entraban en mis contemplaciones porque les tenía el asco normal entre géneros a esas edades).

Y bueno, supongo que ya que esto se ha extendido más de lo necesario, debería de hablar del día en que mi talento –y ya no yo- se hizo metafóricamente humo. Como ya he dicho, era un niño solitario, jamás se me veía hablando en clase ni haciendo desmanes en los recesos. Esto no quiere decir que prestara atención, mis notas eran más bien mediocres. No me enteraba de nada, la mayoría de mis materias las pasaba gracias a que despertaba con mis andares tranquilos y callados la simpatía de los maestros, que muchas veces prefieren un chico tonto callado (no es que yo fuera tonto, simplemente mi pienso se iba a otros lugares) que uno demasiado listo. Al verme siempre sentado en el pupitre, observándolos aparentemente con atención, aunque realmente no escuchara ni una sola de sus palabras, valoraban más lo que consideraban mi esfuerzo que mi efectividad real.

Como sea, uno de estos días, ya más bien en mi adolescencia, me sacó de mi ensimismamiento cierta chica. En realidad, había estado en mi clase desde principios del año lectivo, pero yo no le había puesto atención hasta ese momento. Hablé con ella tantas veces como me lo permitió, asediándola con preguntas. Me las respondía todas aunque estoy casi seguro de que su interés por mí era meramente científico. De esas intensas sesiones aprendí que Lea era una estudiante impecable, hacía ballet con devoción  aunque con poca gracia –esto no me lo dijo pero lo comprobé una de las veces que la seguí hasta su academia de baile-, le gustaba el color rojo, su fruta favorita era el mango, quería estudiar biología marina, dormía sobre el costado derecho, tenía dos hermanos y uno de ellos era mudo, le gustaba la lluvia, tocaba el violín, sus padres eran abogados, odiaba los gimnasios pero le gustaban los chicos que iban a ellos, el único sabor de helado que le gustaba era chocolate, le tenía miedo irracional a las tortugas, le daban asco los perros y adoraba como dioses a los gatos, entre otras cosas. Todas estas nimiedades, por simples o triviales que parecieran, habían logrado –con evidente ayuda de mi instinto reproductor- que colocara a Lea sobre un pedestal mental (y otro físico en mi armario, aunque muy discreto eso sí). Sus rarezas me parecían prueba inequívoca de una mente y un alma brillantes, lo suficientemente brillantes como para deslumbrarme. Ergo, sentía un impulso que consideraba casi inhumano (aunque actualmente me doy cuenta de lo animalmente humano que era) de causarle la misma impresión que ella me había causado. Intentaba ser simpático, divertido e inteligente. Pero como me he cansado de mencionar: lo social no era lo mío. Me pasaba horas cada noche analizando un tema, como sabía que ella lo hacía con cualquier cosa que le interesara mínimamente, para tratar de sacar una conclusión inteligente, reflexiva y profunda. Fracasaba. Al tratar de relatarle elocuentemente mis peripecias mentales a Lea, me daba cuenta de la falsedad de mis palabras, de la torpeza de mis procedimientos mentales de análisis, de la obviedad de mis conclusiones. Cada día regresaba a casa con la desesperanza a flor de piel, odiándome por  no poseer algún don especial que pudiera ser admirado por ella. Y así fue como, habiendo pasado un mes desde el día en que me había fijado en Lea, me metí tanto en mis pensamientos que accidentalmente me volví humo. Fui un humo espeso, extremadamente áspero y gris, definitivamente uno de los menos agradables, pero me bastó para tomar la idea: debía mostrárselo. No sé por qué pero me parecía increíblemente claro.

Así fue como al día siguiente me ofrecí a acompañar a Lea a su casa. Aceptó ser escoltada por mí como quien acepta una proyecto fácil, medianamente interesante, pero no muy prometedor. Unas cuadras antes de llegar a su casa le dije que tenía algo que mostrarle, nos desviamos un poco del camino y llegamos a una de las calles menos transitadas de la zona. Le tomé el brazo y me puse en frente de ella, coloqué cada mano en su respectivo hombro (desde el punto de vista de la comodidad anatómica) y la miré a los ojos. Nos miramos por largo rato. Ella no se movía, esperaba algo, yo también lo esperaba. No sé cuánto tiempo habrá transcurrido, sólo sé que no pasó nada. Era tal mi impresión y mi decepción que no sé cómo volví a casa, cuando me di cuenta estaba recostado en cama y sentía las lágrimas resbalar por las mejillas. Me incorporé y me asomé a la ventana, las lágrimas me llegaban ahora a la boca, sabían a una mezcla de vergüenza con decepción, pero más que nada sabían a pérdida. Había perdido algo más que la oportunidad de ser novio de Lea.

Ahora me doy cuenta de que tiene mucha lógica lo sucedido. Convertirme en humo era la muestra física de aquella sensación de libertad absoluta. El hecho de haberme sometido a demostrarle algo a alguien, de justificar mi existencia, había destruido esa libertad. Sin sensación no había muestra. De ahí todo fue para abajo. Mis notas subieron (no sé por qué pero esto siempre lo he visto como parte del declive), hice una carrera, mamá murió, dejé de ver a Lea y no me di cuenta hasta un par de semanas después, no he sabido más de ella. Tengo un trabajo que no me disgusta pero del cual huyo alegremente cada tarde, y eufóricamente cada fin de semana (sin mencionar festivos y vacaciones). Fumo como demente. No como necesidad física sino como necesidad mental. Puedo fumar por horas seguidas sin parar. Lo hago únicamente cuando estoy solo. Me maravilla ver el humo y recordar esos tiempos perdidos. Mi dentista y mi cardiólogo se han puesto de acuerdo para mandarme al psicólogo, ambos creen firmemente en mi mitomanía. Aseguran que no hay nada en mí que dé prueba de mi adicción infernal al tabaco. Lo tomo como un pequeño gesto de amabilidad de mi long lost capacity. Se refieren únicamente a la parte física, claramente. Si existieran resonancias del alma la cosa sería muy diferente, estaría seguramente en algún tratamiento intensivo. Por mientras, mis pulmones son los de un deportista y mis dientes blancos y perfectos. Como si eso importara.